Bitácora semana 13

 Empezó la clase y leímos mi bitácora, con la cual me gané un tercer like. A partir de ahí inició una sesión bastante cargada de contenido, enfocada principalmente en la metodología de la investigación, la recolección de datos y algunos conceptos relacionados con la comunicación.


La exposición de unos compañeros abordó inicialmente la investigación cuantitativa y la importancia de la medición dentro de este tipo de estudios. Explicaron que medir consiste en asignar números o valores a variables siguiendo reglas específicas, permitiendo analizar la información de manera objetiva. También resaltaron que una mala medición puede generar resultados incorrectos y afectar completamente una investigación.


Dentro de ese proceso de medición se mencionaron tres características fundamentales que debe tener cualquier instrumento de investigación: confiabilidad, validez y objetividad. La confiabilidad hace referencia a la capacidad de producir resultados consistentes; la validez implica medir realmente aquello que se pretende medir; y la objetividad busca evitar que los resultados dependan de la interpretación o sesgos del investigador. El ejemplo que utilizaron para explicar la validez fue bastante claro: no tendría sentido medir la felicidad únicamente a partir de los ingresos económicos.


La relación entre confiabilidad y validez también resultó interesante. Un instrumento puede ser confiable sin necesariamente ser válido, pero no puede ser válido si antes no es confiable. Para explicarlo, dieron el ejemplo de medir el salón utilizando iPads, algo que podría dar una referencia aproximada, aunque poco confiable. En cambio, usar un metro sí permitiría una medición precisa y consistente.


Otro punto importante fue la construcción del conocimiento dentro de la investigación. Para lograrlo es necesario definir variables, operacionalizarlas y convertirlas en preguntas concretas o ítems medibles. La operacionalización consiste justamente en transformar conceptos abstractos en preguntas específicas. Por ejemplo, para medir la ansiedad podría formularse una pregunta como: “¿Con qué frecuencia te sientes nervioso?”.


La exposición también incluyó los distintos niveles de medición. El nivel nominal clasifica elementos sin establecer un orden específico, como el género, los colores o el tipo de celular. El nivel ordinal sí establece jerarquías, por ejemplo: bajo, medio y alto, o primer y segundo lugar. El nivel de intervalo trabaja con distancias iguales entre valores, como ocurre con la temperatura, mientras que el nivel de razón incorpora un cero absoluto, como sucede con la edad o el peso.


En cuanto a los instrumentos de recolección de datos, se mencionaron los cuestionarios, las escalas, los tests y los registros. También explicaron las diferencias entre preguntas cerradas y abiertas. Las cerradas facilitan el análisis porque limitan las respuestas, mientras que las abiertas permiten obtener mayor profundidad, aunque hacen más complejo el proceso de interpretación.


Gran parte de la exposición giró alrededor de las escalas de medición. La escala de Likert, creada por Rensis Likert en 1932, se utiliza para medir grados de acuerdo o desacuerdo frente a determinadas afirmaciones, sumando respuestas para identificar actitudes. Un ejemplo muy cotidiano de este tipo de escala son las encuestas de satisfacción que aparecen después de hacer un quiz en Quizizz, donde ponen caritas felices, neutras o tristes para representar qué tanto gustó o no la actividad. En contraste, la escala de Guttman funciona de manera acumulativa: aceptar una afirmación fuerte implica aceptar también las anteriores.


El ejemplo sobre el Barcelona ayudó bastante a entender esta diferencia y fue un ejemplo que se me ocurrió durante la clase para relacionar la escala de Guttman con algo cotidiano. La secuencia comenzaba preguntando si a la persona le gustaba el Barça, luego si veía todos los partidos, si lloraba cuando el equipo perdía, si me haría un tatuaje del club y finalmente si daría la vida por él. A partir de esto quedó clara la diferencia entre ambas escalas: Likert busca jerarquizar respuestas, mientras que Guttman mide intensidad progresiva.


También se explicó el diferencial semántico, técnica utilizada para medir percepciones mediante pares de adjetivos opuestos como “bueno-malo” o “rápido-lento”. Junto a esto se habló de la codificación de datos, proceso que consiste en convertir respuestas en valores numéricos para facilitar el análisis estadístico.


La importancia de la recolección de datos quedó bastante marcada durante toda la exposición, especialmente porque de ella depende la calidad de los resultados obtenidos. Incluso pequeños errores de codificación, como ingresar mal un dato, dejar respuestas incompletas o interpretar incorrectamente la información, pueden afectar seriamente una investigación.


En términos generales, la exposición dejó claro que medir correctamente es uno de los aspectos más importantes dentro de cualquier estudio investigativo. La validez y confiabilidad de los instrumentos determinan la calidad de los resultados, mientras que las escalas y métodos de recolección permiten analizar actitudes, comportamientos y percepciones de manera más precisa.


Más adelante, el profesor nos mostró un formulario relacionado con la infidelidad para demostrar cómo las preguntas podían adaptarse a las diferentes escalas vistas en clase. A partir de ese ejercicio introdujo el tema de los metamodelos, definidos como una guía práctica para obtener información de manera más específica y detallada.


La conversación terminó derivando hacia la comunicación y los aportes de Albert Mehrabian. El profesor mostró el conocido gráfico sobre los porcentajes de la comunicación: las palabras representan únicamente el 7 %, el tono de voz el 38 % y el lenguaje corporal el 55 %. La explicación me recordó bastante al cono del aprendizaje, aunque enfocado específicamente en la forma en que transmitimos información.


A partir de esto surgió una reflexión interesante sobre la diferencia entre la experiencia vivida y la experiencia contada. Por más detallada que sea una historia, la otra persona siempre recibe una versión limitada de lo ocurrido. Ahí apareció la frase “el mapa no es el territorio”, utilizada para explicar que las palabras funcionan solo como una representación de la experiencia, nunca como la experiencia completa en sí misma. La idea me pareció bastante interesante porque muestra las limitaciones del lenguaje al momento de comunicar algo complejo o emocional.


También vimos el ejemplo de “lo que pienso vs. lo que digo”, algo muy parecido a los memes que circulan en redes sociales. Un ejemplo sería cuando alguien deja de responder mensajes diciendo que se quedó dormido, aunque en realidad simplemente no tenía energía para hablar o quería evitar pensar demasiado en lo que sentía. Ese tipo de situaciones ayudó a entender cómo muchas veces lo que expresamos no refleja completamente lo que pasa en nuestra mente.


A partir de ahí seguimos profundizando en el tema de los metamodelos. El profesor explicó que existen muchas posibilidades de que ocurra un malentendido durante una conversación, principalmente porque el lenguaje nunca logra transmitir exactamente todo lo que pensamos o sentimos. Los pensamientos son mucho más rápidos, complejos y sensibles que las palabras, por lo que al hablar siempre terminamos haciendo una versión reducida de nuestra experiencia.


El metamodelo se relaciona precisamente con la forma en que convertimos lo que tenemos en la mente en palabras. Según lo explicado en clase, cuando pasamos de nuestros pensamientos al lenguaje hacemos tres cosas de manera inconsciente: omitimos información, generalizamos y distorsionamos ciertas partes de la experiencia. En otras palabras, seleccionamos solo fragmentos de lo que realmente pensamos y terminamos comunicando una versión simplificada de todo lo que ocurre internamente.


Por esa razón, saber qué preguntas hacer puede marcar completamente la diferencia en una conversación. Las preguntas permiten recuperar información más profunda a partir de lo que una persona dice superficialmente. La idea no es tener la razón ni corregir al otro, sino comprender mejor cómo interpreta el mundo y cómo construye su experiencia desde sus propios filtros mentales.


Dentro de los metamodelos vimos primero la omisión, entendida como el proceso mediante el cual las personas prestan atención únicamente a ciertas partes de su experiencia mientras eliminan otras. Un ejemplo sería decir: “Estoy más preparado”, sin especificar más preparado que quién o frente a qué situación.


También hablamos de las nominalizaciones, que consisten en convertir procesos o acciones en “cosas” abstractas. Palabras como comunicación, amor, liderazgo, respeto o depresión son ejemplos de esto. El profesor explicó que la mejor forma de profundizar en estas expresiones es transformar nuevamente esa “cosa” en una acción concreta mediante preguntas más específicas. El ejemplo utilizado fue: “La comunicación en la empresa es mala”. En vez de preguntar “¿por qué?”, la idea sería preguntar algo como: “¿Cómo te gustaría comunicarte?”. Según el profesor, evitar el “por qué” ayuda a que la conversación no se sienta como un juicio y permite explorar mejor la experiencia de la otra persona.


Los metamodelos me parecieron interesantes porque muestran cómo las personas nunca comunican exactamente todo lo que piensan o sienten. Cuando hablamos solemos hacer tres cosas inconscientemente: generalizar, distorsionar y eliminar información. Básicamente terminamos contando una versión reducida de nuestra experiencia.


La generalización ocurre cuando tomamos una experiencia específica y la convertimos en algo absoluto. Por ejemplo, alguien termina una relación y dice “nadie me quiere” o una mala experiencia hace que piense “todos son iguales”. También aparecen frases limitantes como “no puedo hacerlo” o “tengo que hacerlo”, donde la persona pone barreras o siente obligaciones sin cuestionarlas realmente. Ahí entran los operadores modales y los cuantificadores universales, palabras como “siempre”, “nunca”, “todos” o “nadie”, que meten demasiadas experiencias distintas dentro de una sola idea. El objetivo del metamodelo es desafiar eso con preguntas más específicas para que la persona piense mejor lo que realmente quiere decir. El profesor también aclaró que el “¿por qué?” se evita porque puede sonar agresivo o acusatorio.


La distorsión ocurre cuando interpretamos la realidad desde lo que creemos o sentimos y no necesariamente desde lo que realmente pasa. Ahí entran cosas como la lectura de mente, por ejemplo pensar “está bravo conmigo” sin realmente saberlo. También aparecen las presuposiciones, las causas distorsionadas y las nominalizaciones, que son palabras abstractas como “amor”, “respeto” o “motivación” que realmente representan procesos mucho más complejos. La idea del desafío es volver concretas esas expresiones haciendo preguntas más claras y específicas.


Por otro lado, la eliminación consiste en dejar por fuera partes importantes de la información. Muchas veces la gente habla de manera incompleta diciendo cosas como “soy incapaz”, “esto no sirve” o “soy el peor”, sin explicar exactamente incapaz de qué, qué no sirve o comparado con quién. También pasa mucho con verbos ambiguos o referencias poco claras como “ellos”, “la gente” o “eso”. El metamodelo busca recuperar esa información perdida para entender mejor la experiencia completa.


En general entendí que los metamodelos no se tratan de corregir a alguien ni de hacerlo sentir mal, sino de aprender a preguntar mejor para entender más a fondo lo que realmente quiere expresar la otra persona.


Seguimos profundizando en los metamodelos y en cómo el lenguaje realmente nunca logra transmitir exactamente todo lo que pensamos o sentimos. El profesor explicó que cuando hablamos solemos omitir información, distorsionar ciertas partes de la experiencia y generalizar situaciones completas a partir de cosas específicas. Básicamente, terminamos contando una versión reducida de todo lo que pasa por nuestra cabeza.


Eso me pareció interesante porque hace que uno vea las conversaciones de otra manera. Muchas veces la gente no dice exactamente lo que siente, ya sea porque no sabe cómo expresarlo, porque evita pensar demasiado en eso o simplemente porque no quiere sentirse juzgada. Ahí entendí por qué las preguntas pueden cambiar completamente una conversación, no para “sacar información” como si fuera un interrogatorio, sino para entender mejor cómo la otra persona está viviendo algo.


Precisamente por eso el ejercicio de los metamodelos me terminó pareciendo mucho más humano de lo que pensé al inicio. La conversación que hice fue con uno de mis mejores amigos, Nachito, mientras llenábamos el álbum del Mundial e intercambiábamos monas. Yo empecé preguntándole por la relación que tenía con una chica y poco a poco fueron saliendo cosas relacionadas con cómo se sentía emocionalmente.


—Nachito, ¿y al final qué pasó con la pelada?


—Nada… ahí seguimos hablando pero ya no igual.


—¿No igual cómo?


—Como más frío todo. Antes hablábamos muchísimo más.


—¿Y eso te afecta?


—Sí, porque siento que soy yo el que mantiene la conversación.


—¿Ella te da razones para pensar eso?


—Pues responde tarde, a veces súper seco y ya.


—¿Y le has dicho algo de eso?


—No, qué pena. Además capaz estoy armando película.


—¿Película en qué sentido?


—En pensar que ya no le intereso igual.


—¿Y qué te hace pensar eso específicamente?


—Que ya no busca hablarme como antes.


—¿Y tú qué sientes cuando pasa eso?


—Como cansancio. Uno empieza a sobrepensar todo.


—¿Sobrepensar qué cosas?


—Que de pronto hay alguien más o que simplemente se aburrió de mí.


—¿Ella te ha dicho algo parecido?


—No, nunca. Todo sale de mi cabeza.


—Entonces cuando dices que “todo cambió”, ¿qué cambió realmente?


—La atención. Antes sentía interés y ahora no tanto.


—¿Y tú qué quisieras que pasara?


—Volver a sentir tranquilidad hablando con ella, sin tener que pensar tanto.


—¿Y has pensado en decirle todo eso?


—No sé… siento que quedaría muy intenso.


—Bueno Corralitos, deja de ser tan cansón ombe.


Obviamente la conversación original fue mucho más larga y tenía muchos vacíos porque tampoco quería exponer completamente lo que él me contó. Además resumí varias partes para que no se hiciera tan pesado de leer. También me di cuenta de que varias veces se me escapaba el “¿por qué?”, aunque el profesor había dicho que era mejor evitar esa pregunta para que la conversación no sonara acusatoria o incómoda.


De hecho, hubo un momento en que Nachito empezó a sentirse como si lo estuviera interrogando, porque las preguntas iban demasiado seguidas y el tema realmente le agotaba mentalmente. Por eso al final trataba de evadir algunas respuestas o cambiar el tema para dejar de pensar tanto en la situación. Aun así, el ejercicio me ayudó bastante a entender cómo funcionan los metamodelos en una conversación real y cómo pequeños cambios en la forma de preguntar pueden hacer que alguien se abra más o, por el contrario, se cierre completamente.


En general, esta clase me terminó gustando muchísimo porque sentí que varios temas que parecían demasiado teóricos en realidad están presentes todo el tiempo en la vida cotidiana. Igual que la vez pasada, me di cuenta de que muchas cosas que veo normalmente y a las que nunca les prestaba tanta atención tienen un trasfondo investigativo y comunicativo mucho más profundo. Por ejemplo, algo tan simple como las encuestas de satisfacción con caritas felices, neutras o tristes después de un quiz realmente hace parte de métodos y escalas de medición utilizadas dentro de la investigación. Eso hizo que todo el tema se sintiera mucho más cercano y fácil de relacionar con situaciones reales.


También me pareció muy interesante entender cómo la comunicación funciona mucho más allá de solamente “hablar”. Temas como los metamodelos, la omisión, la distorsión o la generalización hicieron que pensara bastante en conversaciones de mi vida diaria y en cómo muchas veces las personas no dicen exactamente lo que sienten o piensan, ya sea porque no saben cómo expresarlo o porque simplemente reducen demasiado su experiencia al hablar. Siento que después de esta clase uno empieza a escuchar diferente a los demás e incluso a cuestionar más la forma en que uno mismo se expresa.


Además, el ejercicio con Nachito me ayudó a entender que hacer preguntas correctas puede cambiar completamente una conversación. No se trata de interrogar a alguien ni de tener la razón, sino de comprender mejor lo que la otra persona realmente quiere decir. Ahí entendí que pequeños cambios en la forma de preguntar pueden hacer que alguien se abra más o, por el contrario, se cierre totalmente.


En general, la clase me dejó la sensación de que tanto la investigación como la comunicación están mucho más conectadas con la vida diaria de lo que parece. Desde una encuesta sencilla hasta una conversación emocional con un amigo, todo termina relacionado con la manera en que interpretamos, medimos y expresamos nuestras experiencias.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Bitácora semana 2

Bitácora semana 6.

Bitácora semana 4: Etnografía y Avatar.